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Hoy es el Día Internacional de la Personas Mayores, una fecha que este año adquiere una nueva dimensión.

Siempre aprovechamos el 1 de octubre resaltar la importancia de los Mayores, el valor que aportan a la sociedad, la importancia que tienen en lo que hoy somos, en lo que hemos conseguido. Son nuestro pasado y quienes construyeron nuestro futuro, les debemos mucho, eso es indiscutible.

Sin embargo, este año tenemos que hablar de las personas Mayores desde la tristeza, la angustia y la responsabilidad por no saber si hemos hecho todo lo que tendríamos que hacer.

Este año, la enfermedad que causa el virus Covid-19 ha atacado a las personas de más edad o más débiles físicamente con virulencia, les ha pasado por encima como una apisonadora. Dejando miles de bajas, privándoles de una mano amiga que les sujete la suya, alejándoles de sus seres queridos, encerrándoles en una habitación, privándoles de una cama en el hospital porque hacían falta para gente más joven, negándoles respiradores… La pandemia les quitó mucho y les privó de casi todo, dándoles sólo una cosa: soledad.

Y el resto de los ciudadanos, quienes formamos parte de esta compleja sociedad, asistimos a este espectáculo grotesco como quien ve los toros desde la barrera, con angustia, corazones encogidos, abrumados, eso sí, pero detrás de nuestra barrera.

Esta era una oportunidad para poner en marcha políticas sanitarias adecuadas que dieran respuesta a una crisis sin precedentes, que nos pilló desprevenidos y sin demasiados recursos para abordarla. Sin embargo, aunque pudimos hacer las cosas bien, proteger a los colectivos más débiles y cerrar filas en torno a quienes más sufrían los efectos del virus, evitando que se cebase con ellos, no lo hicimos, dejamos que se los llevase sin más.

La etiqueta de “edad avanzada con patologías previas” que acompañaba muchas veces a los casos de personas que fallecían por Covid se convirtió en una forma de justificar miles de muertes, de explicar unos hechos insólitos que sucedían en nuestro entorno. Una cruel justificación en la que no debimos caer.

Hoy, 1 de octubre, tenemos que recordad a quienes quedaron a la deriva en esta pandemia, mientras nosotros mirábamos en otra dirección, para no sufrir demasiado con lo que sucedía.

Todas las vidas son importantes, independientemente de su edad y de su estado físico o mental. Una persona Mayor, sólo por todo lo que nos ha aportado, por todo lo que ha significado en nuestra sociedad merece un gran respeto y admiración; merece todo nuestro cariño, nuestra ayuda y nuestra comprensión; merece que pongamos en marcha toda la logística necesaria para protegerla. Por eso, aunque hasta ahora hemos hecho lo contrario, hemos dado la batalla por perdida y hemos seguido con nuestras vidas, quizás aún estemos a tiempo de hacer lo correcto, de poner en marcha esas medidas, esas políticas, esos protocolos que eviten nuevas angustiosas estadísticas de muertes sin sentido.

Las personas Mayores merecen que hagamos mucho más, merecen que no les demos la espalda.

Aún podemos hacerlo, sólo tenemos que pensar dos cosas. La primera, que las generaciones que nos precedieron abonaron el camino para llegar hasta aquí y no fue una tarea fácil. Y la segunda que todos, unos antes y otros después, en algún momento formaremos parte de ese colectivo y cómo querremos que nos traten ¿con egoísmo indiferente o con compromiso y decisión?

 

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